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  • Lorena Silva

Ritmos de aprendizaje diferentes, cómo lo descubrí en la práctica y cómo lo resolví...


A lo largo de mi experiencia docente, durante mis clases de iniciación musical infantil pude observar situaciones diversas. Una de ellas particularmente llamó mi atención:


 

Al realizar mis sesiones de clase iba observando cómo mis alumnos adquirían uno y otro aprendizaje. En cada clase, al planear las actividades, consideraba mis objetivos, visualizaba los logros y en cierta medida, los grupos iban avanzando gradualmente; por supuesto siempre y cuando si la sistematización había sido sido clara y fundamentada.


Lo particularmente interesante ocurrió con una pequeña alumna de cinco años que asistía a clases y que aunque, mostrándose gustosa e interesada en todo momento participaba con una actitud particular, no respondía en igual forma que el resto de sus compañeros. Lo anterior me impedía corroborar si en ella también se hubieran logrado los objetivos de la clase.


De cualquier modo, yo continuaba día a día ofreciendo las diversas actividades para todos, y esta pequeñita continuaba en aparente inconsciencia de lo aprendido; tocaba los ritmos que se solicitaba, cantaba pero no en igual o semejante desempeño que el total del grupo, más su actitud siempre era buena.


Ello, si bien me preocupaba y en alguna manera causaba cierta frustración en mí, no impidió que continuara trabajando cada clase con la misma actitud de ánimo y entusiasmo a pesar de no observar los mismos logros de los demás en ella.




Durante las sesiones subsiguientes, sabía cuál sería su desempeño pero no por ello dejaba de realizar nuevas actividades, de presentar nuevos retos y avanzar, siempre con la esperanza de observar en ella lo mismo que en el resto de sus compañeros: precisión en sus ejecuciones rítmicas, canto afinado, movimientos acordes a lo escuchado, en fin.


Finalmente, un buen día, mi pequeñita me ofreció su mejor participación y sobre todo, acorde a la del resto de sus compañeros. Fue un día de gran alegría pues pude observarla trabajando conforme a los objetivos de la clase, y sobre todo, sin dificultad o retraimiento alguno.


Ese día corroboré vivencialmente que cada alumno es como una melodía; tiene su propio ritmo, sus propios tiempos, su propia dinámica. Aprendí que si los dejamos que fluyan sin presiones, podremos escucharla completamente y disfrutar de ello. Podremos observarles en su justa participación y sobre todo, permitirles fluir a su propia manera, a su propio ritmo.

Su presencia en mi experiencia docente me permitió constatar que, si bien es cierto que cuando nos formamos profesionalmente obtenemos información especializada en relación al quehacer pedagógico musical, y que si ha sido justa la currícula, conocemos sobre el aprendizaje y cómo sucede, no se compara con lo nutricio que resulta ser el ver y acompañar a nuestros alumnos en su aprendizaje, en su caminar, ofreciéndoles nuestros conocimientos, nuestra experiencia, pero sobre todo, nuestra confianza y aliento cada día. ¡Gracias pequeña!


- Lorena Silva

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